Con denuedo, sin paradas, sigue la estrategia de ruptura y confrontación de el Estado contra las Comunidades Autónomas. En la Constitución de 1978 se define el Estado como la suma de el gobierno central, las comunidades autonómicas, y los municipios. Lo malo de esa Constitución es que no queda precisado qué competencias se atribuyen a cada unidad administrativa. Además, esa definición quedó conculcada desde que a Cataluña se le regaló un nuevo estatuto que, pese a ser rectificado por el Tribunal Constitucional, fue uno vigoroso salto en el “espíritu y la letra” del “proces de independencia, que desde entonces cogió velocidad, hasta el fracaso de octubre de 1917. El indigno pergeñador de aquel estatut fue Zapatero, primer Presidente de gobierno en actuar de pirómano para alentar el movimiento de independencia desde el Estado español. No fueron los catalanes nacionalistas, que acababan de perder el referéndum de un estatut que había votada una “estruendosa minoría”. Sin embargo, Zapatero se encerró en la Moncloa con Artur Mas, en una noche insomne y mucho tabaco, y sacaron adelante un estatut que luego el Tribunal Constitucional hizo corregir, haciendo borrar la declaración general en que se definía a Cataluña como una nación. Pero el impulso no cesó.
Cada vez que han hecho un votación en sentido separatista la han perdido, por lo que, tras el fracaso de la declaración de independencia de octubre 2017, Cataluña y el gobierno de Sánchez (con la complicidad de su peón allí, Illa), han cambiado de estrategia, mucho más práctica que la de ir de frente. Se trata de ir cediendo competencias de Estado - según la Constitución deben ser gestionadas por el gobierno - con el apoyo traicionero de Sánchez y su cómplice Pumpido.
El proyecto Sánchez sobre Cataluña y El país Vasco es hacer las cosas de tal manera que se beneficien los grupos separatistas y, ya de paso, crear una confrontación larvada (que en algún momento estallará) entre las demás Comunidades, ofreciéndoles como señuelo distintos y arbitrarios regalos, para diluir un Regalo echo previamente a Cataluña solicitado por la banda de separatistas.
Com este procedimiento, Cataluña ha conseguido transferir a sus manos la gestión de puertos, presencia de fuerzas policiales en la gestión de fronteras, la gestión de trenes de corta distancia, la cancelación de una importante cantidad de deuda de Cataluña con el Estado - que seguro que no es más que un inicio, pues Cataluña demuestra una gran voracidad financiera -. La devolución la deuda cancelada pasa, pues, a cargo del resto de España. Es decir, les estamos pagando la independencia cediendo competencias y dinero para gestionarlas.
El resto de España ha rechazado el caramelito ofrecido para acallar voces, pero seguro que se les ocurre algo para que caigan en la trampa y tengan que aceptar, irremediablemente, un dinero que les pueden cercenar por otro lado. Por ejemplo, negándose (o racaneando) comprar la deuda regional, que por la norma actual debe ser aceptada por el gobierno, quien por otra parte presiona a las comunidades veleidosas (no a Cataluña).
El Estado central es el único que tiene poder recaudatorio importante, en un pacto de silencio por el que las comunidades intentan controlar los gastos a cambio de recibir su parte alícuota de los impuestos centrales. La deuda regional regional debería ser para cubrir un eventual desfase prestado por el gobierno.
(Esto en Madrid es diferente, pues es la única Comunidad que se financia en el mercado, es decir, tiene suficiente crédito para hacerlo).
En definitiva, las 15 restantes comunidades se enfrentan al “dilema del prisionero”, entre seguir unidas ante la estrategia de dinamitar la nación, o bien dejarse sobornar por treinta denarios. El aceptar ese soborno a plazo será caer irremediablemente en manos del autócrata, que irá haciendo muescas en su pistola a medida que van cayendo una a una.
La fragmentación de España va también por otros caminos, pero este es ciertamente el más destructivo. Secar las fuentes de financiación, transferir asimétricamente rentas con ventaja para Cataluña y P. Vasco, hacer de las otras cada vez más pobres y, por ende, más pedigüeñas… asfixiadas hasta que se rindan.
Y en este proceso acelerado me temo que el jefe de la oposición no se entera. La única que parece enterarse es Isabel Díaz Ayuso; por eso está cada vez más acosada por toda la fuerza del gobierno y del partido. Pero Ayuso, sola, no puede parar este proceso enloquecido, seguramente intencionado, que solo puede acabar con la ruptura de la Nación, entonces difícil de reconstruir.